Cambiando hábitos: como dejar de vivir a dieta

Desde que tengo memoria que “estoy a dieta”. No tengo recuerdos de comer sin pensar en como eso iba a impactar en mi figura o, ya siendo adulta, sin mirar las etiquetas para controlar las calorías.

Siempre tuve una relación de amor odio con la comida. Amor por que sinceramente disfruto comer, sobre todo lo dulce, y odio por que nunca pude comer aquello que me gusta sin sentir culpa después. Con el paso del tiempo entendí, que como muchos, descargo mis ansiedades, frustraciones y tristezas con atracones. Muchas veces busco llenar ese vacío, que no viene del estomago, con “algo rico”.

A lo largo de mi vida pase por miles de nutricionistas que prometían “enseñarme a comer” pero en cambio me ofrecían planes, muchas veces rígidos, con restricciones que eran imposibles de seguir a largo plazo que terminaban por frustrarme y empeorar esa “no relación” con los alimentos. Por supuesto que durante la adolescencia esto empeoró. No hace falta que explique lo que éste tipo de presiones y competencia genera en una chica de 13-18 años.

Hace algún tiempo esto cambio. Ya desganada e intentando combinar todo lo “aprendido” hasta el momento comencé a seguir algunas cuentas de Instagram que ofrecían ideas diferentes y que al principio me parecían una locura. Proponían comer todo, incluso harinas y cosas de “kiosco” que a mi entender eran veneno puro.

Después de preparar algunas de las recetas que compartían me decidí a pedir un turno y comenzar a cambiar hábitos. Debo admitir que me costó muchísimo corregir ciertas concepciones o ideas con las que crecí. Al principio reducía o suprimía aquellas cosas que a mi parecer me iban a hacer “engordar”. Eventualmente les perdí el miedo y hoy entiendo que siempre que se coma de forma moderada y en pequeñas porciones puedo comer absolutamente todo.

Aprendí a comer sin culpa, disfrutando los sabores y el momento entendiendo que una porción de torta no es la muerte de nadie. Que un plato de pastas no significa que luego tenga que ir al gimnasio a correr hasta ya no poder moverme. Además, comprendí que no siempre todo lo que diga “light” o “bajas calorías” es necesariamente mejor que su opción “común”. Me enseñaron que el alfajor a base de arroz que comemos sin ganas por que jura ser más saludable es igual, o aveces peor, que ese alfajor rico que verdaderamente disfrutamos, entre otras cosas. Gracias Martina Daireaux por acompañarme en éste camino de superación.

Hoy tengo momentos en los que me olvido un poco de los buenos hábitos nuevos y vuelve la desilusión, pero estoy segura de que estaforma no obsesiva donde priorizo disfrutar es como quiero vivir. También sé que quiero seguir mejorando y aprendiendo para estar bien y saludable, para no ser la novia que va a Mc Donalds y pide ensalada cuando en realidad muere por una hamburguesa. Y por que cuando llegue el día en que me convierta en mamá no quiero que mis hijos tengan la misma relación negativa que tuve yo con la comida. Quiero poder enseñarles a comer de forma positiva, eligiendo aquello que les va a hacer bien por su valor nutricional y no sólo mirando las calorías. Estoy convencida de que uno transmite lo que cree más allá de las palabras, sino que con hechos y siendo un ejemplo.

Como afirma Mónica Katz, “Intenten desarrollar una actitud positiva hacia la comida. No es un enemigo, es el mejor aliado para una vida saludable”.